TU DERECHO A UN FINAL FELIZ 💈

Feliz: que tiene felicidad, ejemplo: hombre feliz. Estado feliz, que causa felicidad. Dicho de un pensamiento, de una frase o de una expresión: oportuno, acertado, eficaz. Dicho, ocurrencia, idea feliz. Que ocurre o sucede con felicidad.

— Real Academia Española

Preferiría no tener que rescatar a ninguna princesa de ningún peligro. No es una idea que me atraiga. Si me dan a elegir, mi plan probablemente sea algo que implique menos riesgo y menos romanticismo. En mi plan no entran ideologías políticamente correctas, ni clasificaciones de género o identitarias, eso puedes tenerlo por seguro. Si estoy con una mujer, prefiero que ella no me necesite, que esté conmigo porque a ella le apetezca y me apetezca a mí. Parece que esto que suena tan fácil, sea tan difícil. Pero simplemente es eso, sin más dramas ni más cuentos.


Siempre nos han vendido un cuento. Y si no, al menos alguna vez te han tenido que contar uno. Nunca han faltado narradores o vendedores a lo largo de la historia, siempre han estado ahí: cambiarán el cuento, cambiarán la narrativa, pero siempre habrá alguien que le cuente algo a otro alguien, y consiga que éste se lo crea. Y aunque no se lo crea, va a seguir queriendo que se lo cuenten, porque le gustaría creérselo, le gustaría saber qué pasa al final. ¿Y qué tenemos al final? ¿un final feliz? Según el contexto “un final feliz” puede significar una cosa u otra.

Preferiría que desde el gobierno, las instituciones y los lobbies, no se metieran en mi vida privada y que se dejaran sus leyes de mierda para sus adentros: cómo debemos hablar, cómo debemos mirar, cómo debemos cambiar, qué debemos pensar y cuando podemos follar o cuando no. Es la dictadura y el adoctrinamiento dentro de la vida de la gente, tratando de controlar todo lo que hacemos.


Se supone que estamos viviendo nuestra puta película, que aunque no tenga un final feliz, es nuestra y de nadie más. No es que solo prefiera que no se metan, es que me niego a pasar por ahí. Me niego. De verdad no entiendo como no salta la población y se rebela contra esto: dame pan y dime tonto. Estamos mejor alimentados que en la postguerra o en el medievo, pero desde luego, más libres no somos. Todo lo contrario.

Ya no voy a hablar de ser bueno o de ser malo, voy a hablar de creer y de hacer; y de creer cuando se hace y no antes; porque creer y dejar lo que quieres en el aire, no cuaja. Y si no cuaja, no es real, no existe. Y si no existe… acabas creyendo mierda, que haces todos los días pero que no era la que tú querías hacer. Por supuesto estoy proyectando, todos los que escribimos lo hacemos. Escribir es una buena forma de hacer justicia, porque si escribes ficción puedes poner las cosas en su sitio, o al menos, como a ti te gustaría que estuviesen.


El problema de haberte tragado cuentos que terminan con un final feliz, es que tú también quieres tener el tuyo. Ya sé que somos mayores y que no estamos para cuentos, pero si seguimos viendo pelis y series, yendo al cine, escuchando música y leyendo libros, es que queremos ese final feliz que muy probablemente la vida nos niegue. Yo quiero tener mi final feliz, y para ello no necesito que me anime nadie. Quiero tenerlo, aunque no lo reconozca la mayoría de las veces, o me lo niegue a mí mismo porque sepa que en efecto, es solo un cuento y que detrás hay trampa.

Como sé que no soy el único que alguna vez ha picado el anzuelo y ha caído en una trampa, o se ha dejado caer, mejor dicho, pues bueno… siempre podré decir que estaba prevenido. No le voy a echar la culpa nadie, básicamente porque no sirve de nada. No hay mayor cuento, ni mayor historia contra la que pegarse el hostión, que las expectativas que se crea uno mismo, cuando imagina, o cuando espera, o cuando cree que merece algo mejor, esperando ese maldito final feliz que nunca llega. Porque cuando llega si lo hace, es por todo menos por lo que estés enfocado. 


No quiero coaching motivacional made in Youtube, no me interesa. No quiero escuchar a un individuo de imagen pulcra y dinámica, que enganchado a un pinganillo, me diga que soy gilipollas, y que además lo soy porque he querido serlo toda mi vida… y hasta ahora no me había dado cuenta. Y que al final le de las gracias y le pague, por haberme llamado gilipollas: que si soy una bombilla, que me imagine a mi animal preferido, o qué piense qué me llevaría a una isla desierta, mientras me trago una presentación que me va a abrir la mente de repente… ¡dejármelo todo claro por fin de una vez por todas! ¿Cómo no me había dado cuenta antes? Lo dicho, les pagas por llamarte gilipollas, y además con razón. Llega un tiempo, en el que ya sabes que no le puedes llorar a nadie.

Jamás pensé que admitiría esto, pero lo veo cada día más claro y muchos más en el amor y en las relaciones: creo en el trabajo, pero no todo se trabaja. Hay cosas que se ganan, y no siempre se ganan trabajando. Hay cosas que te dan y cosas que te quitan, cosas que merecerías, cosas que mereces, que no tienen por qué coincidir. Hay cosas que son del ser. Si: he dicho del ser; ahora entiendo lo de ser o no ser, he ahí el dilema… He tardado cuarenta años de mi vida en verlo en tres dimensiones. Más vale tarde que nunca.

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